Esta semana he dado un taller de IA a un cliente. Venían de Microsoft Copilot. Les puse delante Claude Code con Opus 5.5 y, en lugar de una demo preparada, me dediqué a pedirle cosas tal cual me salían: descomprímeme este zip, mírame esto, revisa aquello. Desordenado a propósito.
Quería que vieran una cosa: esto ya no va de estructurar al milímetro lo que le pides. Los modelos son tan capaces que basta con hablar y pedir.
La reacción fue la de siempre. Primero, flipar en colores. Después, los gestores, que pensaban que esto era cosa de programadores, pidiendo su propia cuenta. Y al final, el clásico medio en broma: «nos vamos a quedar sin trabajo y nos dedicaremos a tomar cervezas».
Gradual para mí, un salto para ellos
Yo llevo un año con Claude y casi dos usando la IA de forma intensiva. He ido viendo cada mejora de una en una, poco a poco. Quien llega ahora pasa de Copilot a Opus 5.5 de golpe. Es normal que lo viva como un shock y que la primera reacción sea «esto me va a quitar el trabajo».
El salto es tan grande que rompe hasta las categorías con las que ordenamos el trabajo. Cuando hablas de crear una skill, mucha gente piensa automáticamente «eso es programar, eso lo hará un técnico». Y no: la skill no la haces tú, se la pides a Claude. Ya no hace falta ser técnico para hacer estas cosas. Hace falta tener criterio para pedírselas.
Por eso lo que cuesta no es la herramienta, que es facilísima de usar: literalmente, hablar. Lo que cuesta es cambiar la idea que tenemos de nuestro propio trabajo.
La mitad no es cuatro veces más
Cuando la gente descubre la herramienta, tiene la sensación de haber recibido un superpoder. Y ahí toca frenar un poco: esto te va a reducir a la mitad el tiempo de muchas tareas, pero eso no significa que vayas a hacer cuatro veces más. Harás el doble, no el cuádruple.
El motivo es sencillo. Cuando una parte del trabajo se acelera, el cuello de botella se va a otro sitio: decidir qué hacer, revisar lo que sale, coordinarse con otros y que la organización sea capaz de absorberlo. Si produces más, tienes que juzgar más. Y juzgar cansa.
El límite deja de ser tu capacidad de hacer y pasa a ser tu capacidad de decidir y validar.
¿Les he dado la poción mágica?
Al salir del taller me quedé con una sensación incómoda. ¿Les había contado demasiado? ¿Les había dado la poción mágica o, peor, la receta para prepararla? Si ahora saben hacerlo solos, ¿para qué me van a necesitar?
Luego lo pensé con calma. Lo único que les había dicho era: usad Claude.
La receta no es secreta; el criterio, sí
Si una receta secreta se puede contar en una hora, no es secreta. Y menos cuando cualquiera se la puede preguntar directamente a Claude, que se la va a dar sin problema. Una receta así tiene muy poco valor.
En informática, la IA ya está haciendo el grueso del trabajo. Y en los equipos donde todavía no lo hace, puede hacerlo. Tiene todo el conocimiento, porque se ha leído internet entero. Lo que nos queda a nosotros es el criterio, algo de lo que ya he hablado alguna vez. Y el criterio se juega en dos momentos: saber qué pedir y saber validar.
Hace falta saber menos sobre cómo se hace algo, pero igual o más para juzgar si lo que vuelve está bien. El riesgo de quien llega de nuevas no es que la IA le quite el trabajo, sino que acepte algo que suena bien y no lo es.
Eso es lo que no conté en el taller, porque no se puede contar. Es la experiencia de llevar casi dos años usando la IA a diario. Eso no cabe en una hora de formación.
Cuando sabes pedir, se abren caminos
Hace poco tuve que hacer la ingeniería inversa de una aplicación que ni siquiera era mía. Tenemos una herramienta interna pensada para eso, que diseñó y mantiene un compañero. Esta vez quise probar otra vía: le dije a Claude «aquí tienes esto, hazme la ingeniería inversa y déjamela en este formato». Lo terminé en un día.
Por el camino, Opus hizo una prueba, vio que consumía muchísimos tokens y decidió por su cuenta cómo optimizarlo. Que yo supiera valorar si esa decisión era buena o un atajo peligroso es, otra vez, criterio.
No lo cuento para enfrentar una cosa con la otra. La herramienta sigue teniendo todo el sentido: da un resultado homogéneo y repetible, y no depende de quién se siente delante. Lo que me hizo pensar es otra cosa. Hace no tanto, para un trabajo así necesitabas una herramienta específica o te tocaba dedicarle semanas. Hoy, si sabes pedir, tienes además otro camino. La barrera de entrada ha bajado muchísimo.
¿Hacer aplicaciones o enseñar a pedir?
A mi alrededor veo dos enfoques. Uno es «te hago una aplicación y se la doy a toda la gente». El otro es formar a las personas para que hagan lo mismo que hago yo: coger a Claude y pedirle. Yo tiro más hacia lo segundo, pero no porque el primero esté mal: formar es mi forma de enfocar los problemas desde hace más de 25 años.
Una aplicación congela lo que el modelo sabe hacer hoy. Dentro de seis meses probablemente lo hará solo, y la aplicación habrá envejecido mal. Formar a la gente, en cambio, multiplica la capacidad en lugar de entregar un producto cerrado.
Con dos matices. El primero: no todo el mundo quiere ser autónomo. Hay gente que prefiere un botón.
El segundo: hay gente que, con una herramienta tan potente en las manos, la puede liar parda. Y es lógico que una organización no quiera dársela. En la carrera nos lo decían con las herramientas CASE: un mal ingeniero de software con una herramienta CASE genera software de mala calidad muy rápidamente. Con la IA pasa exactamente lo mismo, solo que más rápido todavía.
Lo realista es una mezcla: formar a unos cuantos campeones en cada equipo y reservar las aplicaciones para procesos repetitivos, donde importa más que el resultado salga siempre igual que la flexibilidad. Ese es justo el terreno de herramientas como la de ingeniería inversa.
Redefinir tu valor cada seis meses
Todo esto me lleva a lo que de verdad me inquieta. Da la sensación de que cada seis meses vamos a tener que redefinir cuál es nuestro aporte de valor como profesionales. Y no tengo claro que estemos preparados para hacerlo tan rápido.
Creo que el error está en cómo planteamos la pregunta. Si atas tu identidad profesional a una habilidad concreta (escribir código, redactar informes, montar presentaciones), sí, tendrás que reinventarte cada seis meses, porque esas habilidades cambian a ese ritmo.
Lo que no cambia es entender el problema real del negocio, tener criterio, responder del resultado y tener la confianza del cliente. Después de más de 25 años en esto, es lo único que me ha acompañado de una tecnología a la siguiente. El cómo va a ser siempre provisional.
Moraleja
No hay poción mágica que esconder: la receta es pedírselo a Claude, y cualquiera puede aprenderla en una hora. Lo que no se aprende tan rápido es saber qué pedir y si lo que vuelve está bien. Ahí está nuestro valor, y es lo único que no tenemos que redefinir cada seis meses.
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