El criterio es el bien de lujo tecnológico de la era IA

Estaba escuchando un podcast sobre lujo. No sobre tecnología. Sobre hoteles, coches, relojes, perfumes y la psicología de lo deseable.

Y en algún momento César Val —experto en estrategia de lujo— soltó algo que me hizo parar el audio y rebobinar: el lujo no es precio. Es deseo. Y el deseo se construye sobre escasez, historia e identidad. Cosas que no se democratizan.

Yo llevaba semanas dándole vueltas a una pregunta completamente distinta: qué queda del valor profesional cuando la IA puede ejecutar lo que antes ejecutaban los expertos. Y de repente los dos cables se conectaron solos.

La IA convierte el conocimiento en commodity

Durante décadas, el conocimiento técnico era escaso. Sabías cosas que otros no sabían, y eso tenía precio.

La IA está cambiando esa ecuación. No porque los expertos hayan dejado de ser útiles, sino porque el umbral de competencia se ha democratizado. Cualquiera con una suscripción de 20 euros al mes puede generar análisis, código, estrategias o documentación que antes requerían años de formación.

Y cuando algo se democratiza, pasa lo que siempre pasa: el precio cae. La ejecución competente se convierte en commodity.

Si todos usamos el mismo Claude, el mismo Copilot, el mismo ChatGPT… ¿en qué te diferencias?

El mecanismo del lujo

César Val tiene una respuesta que no viene del mundo tecnológico, y quizás por eso es útil.

El lujo no compite en precio ni en funcionalidad. Compite en deseo. Y el deseo se construye con tres ingredientes: escasez, identidad e historia. Lo que no puede reproducirse en masa es lo que genera aspiración.

Cuando la producción industrial democratizó la ropa, la moda de lujo no murió. Se volvió más deseable precisamente porque era lo contrario de lo abundante.

Mismo mecanismo, diferente sector.

El criterio como bien escaso

Aquí está el cable que me faltaba conectar.

La IA inunda el mundo de output competente. Texto competente. Código competente. Análisis competente. Producido con los mismos modelos que usa todo el mundo.

Lo que la IA no democratiza es el gusto. La capacidad de juzgar qué es realmente bueno: qué pregunta vale la pena hacerle al modelo, qué respuesta merece descartarse, qué enfoque tiene sentido en este contexto y no en el siguiente.

Eso es el criterio. Y el criterio, en un mundo de output abundante, es escaso por definición.

Escaso. Difícil de imitar. Generador de deseo.

Es decir: es el bien de lujo tecnológico de la era IA.

Luxurizar o commoditizar

Esto tiene una implicación práctica incómoda.

Si tu valor profesional sigue descansando sobre «sé hacer X» —escribir, analizar, programar, diseñar—, estás compitiendo en el terreno donde la IA mejora más rápido. Ese es el camino de la commoditización: velocidad y precio, y en ambos el humano pierde.

El otro camino es el de César Val: construir algo que no puede reproducirse en masa. Una voz. Un punto de vista. Un criterio reconocible que genere confianza antes de que alguien empiece a leer.

Luxurizar el valor profesional no significa volverse elitista ni caro. Significa identificar qué parte de lo que haces no puede replicarse con un prompt bien escrito, y construir desde ahí.

Para mí, eso es la transversalidad: décadas conectando mundos que rara vez conviven bien —negocio, tecnología, seguridad, innovación— y el criterio acumulado para saber cuándo algo tiene sentido y cuándo no. No viene en ningún modelo. Y tampoco en ningún prompt.

Moraleja

Cuando la IA democratiza la ejecución, el valor se desplaza hacia arriba: hacia quien decide qué ejecutar y por qué. El criterio —saber qué es bueno, cuándo importa, por qué este enfoque y no el otro— es lo que queda cuando todo lo demás se automatiza. Y lo escaso, como siempre, es lo que genera deseo.


Me gustaría saber cómo lo ves tú. ¿Estás luxurizando tu valor profesional, o todavía compitiendo en el terreno donde la IA siempre gana?

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