La economía de las suscripciones llega a las herramientas de productividad con IA

Persona sorprendida ante una interfaz de chat de IA mientras varios androides con etiquetas de precio y una factura sugieren el coste acumulado de suscripciones.

Hay un patrón que ya conocemos de sobra: empiezas pagando una suscripción “pequeña”, luego otra, y otra… y, cuando te das cuenta, estás en modo Netflix/Amazon Prime/lo-que-toque, pero aplicado a herramientas de productividad.

Con la IA está pasando algo parecido, solo que el “contenido” no son series: es tu tiempo, tu foco y tu forma de trabajar.

Mi caso: escribir con voz y apoyarme en modelos

Para escribir las entradas del blog estoy usando una herramienta que graba y luego genera transcripción, y después paso ese texto por un modelo de IA para convertirlo en un borrador utilizable. En mi caso la herramienta es Plaud.

El motivo es simple: me automatiza partes pesadas del proceso. En vez de “ponerme a escribir” desde cero, hablo, lo vuelco a texto, y trabajo sobre un material que ya tiene estructura.

Y esto engancha con otra idea que llevo tiempo defendiendo: hablarle al modelo (en vez de teclear) suele ser más cómodo y flexible. Cuando dictas, no te frenas tanto “palabra a palabra”. Piensas en voz alta, y eso, para explorar ideas, es oro.

Tres variaciones del mismo concepto (y por qué se solapan)

En mi día a día he acabado viendo tres familias de herramientas que, en el fondo, hacen lo mismo con distinto envoltorio:

  1. Grabación de conversaciones y reuniones → se orientan a capturar audio “largo”, transcribir y ayudarte a generar un resumen o un borrador. Aquí encaja Plaud (por cómo lo uso).
  2. Interfaces tipo ChatGPT/Claude → puedes hablarle al modelo y trabajar en modo conversación, pero normalmente hay límites de minutos, cuotas o planes.
  3. Dictado como interfaz del sistema → herramientas como SuperWhisper que sustituyen el dictado del Mac por algo que no solo transcribe, sino que además puede “pasarlo por un modelo” con una instrucción. Por ejemplo: responder un email con la voz y pedir que lo reescriba en un tono formal.

Las tres familias tienen sentido. El problema llega cuando las usas todas: empiezas a pagar varias suscripciones para resolver tareas muy parecidas.

El detalle que cambia el cálculo: lo que ya viene incluido

En mi caso, por ejemplo:

  • La suscripción de ChatGPT sí la estoy pagando.
  • Con Plaud tengo 300 minutos al mes incluidos, que para mí suele ser suficiente, así que no necesito pagar un extra por uso.
  • SuperWhisper es algo que me atrae para el “día a día” (sustituir teclado por voz), pero si lo adoptas de verdad, es otra suscripción que se suma.

Y aquí aparece la pregunta práctica: ¿estoy pagando por complementariedad o por solape?

Una regla simple para no acabar pagando tres veces por lo mismo

Sin meterme en números (porque cada caso es un mundo), a mí me ayuda un criterio muy directo:

  • Si la herramienta me cambia el flujo (hace posible algo que antes no hacía) → tiene sentido pagar.
  • Si la herramienta solo optimiza un 10–20% algo que ya hago con otra → sospecha de solape.

En otras palabras: no se trata de “cuál es mejor”, sino de cuántas capas estoy comprando para el mismo trabajo: capturar voz → transcribir → transformar → ejecutar.

Y, sobre todo, intentar tratar la adopción de estas herramientas como lo que es: innovación como gestión del riesgo y del aprendizaje, no como coleccionismo de suscripciones.

Empresas vs. uso doméstico: la diferencia del retorno

Para una empresa, pagar varias herramientas puede ser viable si hay retorno: ahorro de tiempo, calidad de comunicación, menos fricción en tareas repetitivas, etc.

En cambio, a nivel doméstico (o de marca personal), llega un punto en el que es difícil sostenerlo: no puedes estar pagando 20 euros/dólares al mes por un montón de herramientas parecidas. Aunque cada una sea “barata”, el conjunto se convierte en una factura fija.

¿Convergencia o fatiga?

No tengo claro hacia dónde irá esto.

Por un lado, sería lógico que unas herramientas absorban funcionalidades de otras (y acabes con una única suscripción “completa”). Por otro, ahora mismo da la sensación de que estamos entrando de lleno en una economía de suscripciones de productividad con IA, donde el mercado premia el “paquete” más que la herramienta puntual.

Mi intención, al menos, es vigilar dos cosas:

  • Qué parte de mi proceso necesito de verdad (y cuál es capricho tecnológico).
  • Qué herramienta se queda como “base” y cuáles tienen que justificar su sitio sin duplicar a las demás.

Si tú también te estás montando tu stack de IA, quizá la mejor pregunta no sea “¿qué herramienta me falta?”, sino: ¿qué suscripción me sobra?

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No es falta de ganas, es falta de idea: por qué cuesta tanto aprovechar la IA

Androide cubierto de polvo y telarañas en una esquina de una oficina moderna de color azul petróleo, mientras un equipo diverso de profesionales trabaja sin prestarle atención.

El otro día leía un artículo —juraría que era sobre el País Vasco— que decía que el uso de la IA estaba bastante extendido, pero que apenas se le sacaba beneficio. Y lo cierto es que me sonó. Bastante.

¿Tienes IA, pero no sabes qué hacer con ella?

Cada vez veo más gente que ha probado a jugar con GPT, Copilot o similares… pero como mucho lo usan como un Google un poco más listo. Ya hemos hablado alguna vez de eso.

El tema es que no se trata solo de «perderle el miedo». El problema no es tanto la resistencia al cambio, sino que muchas veces ni se nos pasa por la cabeza que ciertas cosas se pueden hacer de otra manera.

Y eso lo veo tanto en lo profesional como en lo personal. Me pasa a mí, y lo veo a mi alrededor. Hay una brecha de aprovechamiento muy clara.

Lo que a mí me sirvió, igual a ti también

Yo mismo he aprendido algunos usos que ni me había planteado gracias a gente que sigo en YouTube o LinkedIn. Uno, por ejemplo: dictar una idea suelta y luego dejarle a la IA que lo estructure como un post, incluso con imagen generada.

¿Aplicación profesional? Más de la que parece.

  • Si puedes dictar una entrada de blog, puedes dictar una historia de usuario.
  • Si puedes pedirle que reordene ideas para publicar, puedes pedirle que lo haga con un acta de reunión.
  • Si puedes resumir tu día para ti, puedes hacerlo para tu equipo.

La clave está en cambiar el prompt, no el hábito.

Nueva serie: La IA en el día a día

Por eso voy a abrir una nueva línea de artículos más cotidianos: ejemplos de cómo uso la IA en mi día a día. No necesariamente en cosas de curro, pero sí cosas que pueden inspirar otras ideas aplicables a lo profesional.

No se trata de postureo ni de trucos mágicos. Se trata de abrir el radar.

Moraleja

La IA no es una varita mágica, pero tampoco es solo para frikis. A veces, lo que necesitas no es más formación, sino más ejemplos.


Si tú también usas IA para cosas raras o útiles, ¡me encantará seguir la conversación en LinkedIn! 😉

Tu tambien puedes tener un Diseñado en la cabeza de Iñigo, made in ChatGPT

Cuando ChatGPT se volvió mi personal shopper… de perfumes

Hombre joven y androide eligiendo un perfume en una tienda moderna.

Como dice mi madre, soy el tío de los olores, lo reconozco. A unos les va el vino, a otros los quesos, a otros los coches deportivos, etc. A mí, lo que me pierde son los perfumes, te ayudan a cambiar el estado de ánimo. De nicho, además. De esos que cuestan un riñón y duran tres vidas, así que hay que elegirlos muy bien, que riñones solo tengo dos 😔.

El otro día, tras una jornada cancelada de recados, acabé deambulando por El Corte Inglés. Y claro, uno no entra a “mirar” perfumes. No pude hacer los recados, pero si salí con unas muestras nuevas en la mochila y una pregunta en la cabeza.

¿Y si le pido ayuda a la IA con esto?

Llegué a casa y saque a relucir mi faceta mas innovadora: abrí ChatGPT y le dicté toda mi colección de perfumes. Nada de teclear—eso ya lo he contado en otra entrada—porque hablarle al modelo es mucho más ágil.

Le solté nombres, marcas, impresiones… Y el modelo, que no tiene nariz pero sí contexto, empezó a ayudarme. No a recomendar a lo loco, sino a:

  • Identificar qué me gusta de verdad.
  • Ver qué carencias tengo (hola, perfumes cítricos de verano).
  • Comparar alternativas que había visto ese día.
  • Ahorrarme visitas a Fragantica buscando notas, familias y reseñas.

¿Esto va de perfumes o de productividad?

Las dos cosas. Porque al final no es tanto el perfume como el caso de uso. Lo que hice fue usar una IA generalista como un copiloto muy personalizado, no para sustituir mi gusto, sino para entenderlo y amplificarlo.

Y eso me hizo pensar: ¿cuánta gente está infrautilizando modelos como ChatGPT porque no les da contexto? ¿Cuántos están pidiéndole magia sin haberle contado antes su historia?

Este caso, aunque parezca frívolo, es una metáfora útil para equipos y profesionales que aún no ven el punto de incorporar IA a su flujo de trabajo. No hace falta que sepa programar: hace falta que sepa de ti.

No se trata de oler mejor, sino de decidir mejor

La IA no huele. Pero organiza. Te ayuda a pensar en voz alta, a tomar decisiones con más información y menos desgaste. Y eso, se llame perfume, arquitectura software o estrategia de innovación, al final es productividad.

 Moraleja

No hace falta tener un problema técnico para que la IA te aporte valor. Basta con tener una decisión entre manos… y darle contexto.


¿Y tú, a qué IA le has contado ya tus vicios? Cuéntamelo en LinkedIn 😉

Diseñado en la cabeza de Iñigo, made in ChatGPT, y personal Shopper a ver a donde nos acaba llevando esto…

Hacer cosas pensando en el futuro… ¿o no?

Hombre latino acariciando una bola de cristal en su escritorio, intentando visualizar el futuro mientras trabaja con su portátil en una oficina moderna.

Hace años, en una aplicación corporativa que ya llevaba una década existiendo y que todavía sigue coleando, propuse encapsular las peticiones asíncronas con una etiqueta JSP. La idea era buena: si algún día cambiaban las tecnologías (como había pasado de applets a iframes, luego AJAX), bastaría con tocar esa etiqueta y todo seguiría funcionando como si nada.

Pero la realidad fue más puñetera que mi previsión. Aquello que parecía elegante y mantenible… sigue coleando. El código sigue vivo, pero no siempre por las razones que uno querría 🤷.

Es una situación que me he encontrado en bastantes personas, todas con muy buenas intenciones como yo.

¿Cuándo dejarlo preparado y cuándo no?

Lo reconozco: de joven pecaba de exceso de previsión. Pensaba que dejarlo “preparado para el futuro” era sinónimo de profesionalidad. Pero hay un matiz clave: si no tienes claro lo que va a pasar, prepararte para “todo” es una trampa.

¿Qué aprendí?

  1. El código que no necesitas hoy, te estorbará mañana.
  2. Mañana sabrás más que hoy. Espera. Aprende. Mejora.
  3. La agilidad no es solo Scrum. También es diseño limpio, desacoplado y con margen para evolucionar.

La trampa del “por si acaso”

Desde el manifiesto de extreme programming hasta el puro sentido común que te da la experiencia, todo apunta a lo mismo: optimiza para el cambio, no para la adivinación.

Hoy día no puedes prever ni si tendrás equipo, ni si usarás la misma nube, ni siquiera si tu sector seguirá igual. Si alguien en 2019 hubiese escrito código pensando en que su sistema funcionase bien en el futuro, seguramente habría perdido el tiempo, por la irrupción de los LLMs. Porque nadie los vio venir. Ni los propios investigadores.

¿Y entonces qué hacemos?

Simplifica y déjate todas las puertas abierta que puedas sin incurrir en mucho coste. Deja margen. Y confía en tu yo del futuro: tendrá más experiencia, más información y —si todo va bien— menos ego.

Moraleja

Diseñar con flexibilidad no es renunciar a la calidad. Es reconocer que la calidad técnica incluye la adaptabilidad. No hagas predicciones: diseña para poder decidir con calma cuando llegue el momento.


Si quieres leer más sobre que hacer con el pasado, mira este artículo sobre aplicaciones heredadas. Y si puedes predecir el futuro, mejor lo usas para predecir el numero del euromillones 😉

¿Tú también tienes historias de código que envejece mal? Cuéntamelo en LinkedIn y seguimos la conversación 😉

Diseñado en la cabeza de Iñigo, made in ChatGPT no es bola de cristal es presente.

El peligro de que tu IA sea un pelotilla

Androide complaciente botando una pelota frente a una trabajadora desconcertada en una oficina moderna

Llevo trabajando desde el siglo pasado y después de una docena de empresas, muchos proyectos y aún más jefes, uno desarrolla un radar para detectar a los que no aceptan críticas. Porque con según qué jefes, discrepar era sinónimo de jugarte el cuello.

Lo mismo pasa con las IA

Las IA pueden parecer muy listas, pero si no tienen criterio propio (y no lo tienen), pueden acabar siendo igual de pelotas que el típico compañero que siempre decía “sí, jefe”. Da igual que le digas al modelo que actúe como nutricionista o como desarrollador senior: su tendencia será complaciente. ¿Por qué? Porque ha aprendido a ser “útil”, no a tener criterio.

Yo mismo probé a pedirle a ChatGPT que me hiciera una entrevista de trabajo. Todo eran flores, todo perfecto. Pero no es realista. El problema es que si usamos estas herramientas para tareas operativas, vale. Pero si las usamos para decidir, contrastar o explorar caminos… necesitamos que cuestionen, no que aplaudan.

Las cámaras de eco también se digitalizan

Si tienes un copiloto que te dé siempre la razón, acabas encerrado en una burbuja de autocomplacencia digital. Y eso, en entornos donde se toman decisiones que afectan a presupuestos, personas o seguridad, puede ser directamente peligroso.

¿Solución? Recordar que la IA no tiene intuición. Ni experiencia. Ni contexto emocional. Puede procesar más datos que tú, pero no sabe qué importa de verdad. Y ahí, todavía, tenemos ventaja los humanos.

Moraleja

No dejes que tu copiloto sea un pelotilla. Rodéate de gente —y de máquinas— que te lleven la contraria con criterio. Ahí es donde nace la innovación de verdad 😉


¿Y tú? ¿Has detectado cámaras de eco en tu trabajo con IA? Hablemos en LinkedIn.

Este post, como otros recientes, no existiría sin una decisión y una ayuda artificial.  Diseñado en la cabeza de Iñigo, made in ChatGPT.

Y si el valor ya no está en las respuestas

Signo de interrogación metálico verde sobre libros de páginas en blanco iluminados con luz neutra; fondo azul petróleo desenfocado que enfatiza el valor de las preguntas frente a las respuestas.

Hace unos días estaba viendo un vídeo de Euge Oller mientras me tomaba el café. En un momento dado dijo algo que me dejó pensativo: que los videotutoriales iban a pasar a mejor vida. Que ahora, con herramientas como ChatGPT, bastaba con preguntar y listo.

¿Siguen teniendo sentido los cursos técnicos?

Igual sí, pero no como antes… Me explico: yo tengo unos cuantos cursos en Udemy sobre temas técnicos, que me sirvieron para pagar los gastos del blog y del canal de YouTube. Porque con YouTube, ya sabéis… para pipas y poco más.

El caso es que después de ver ese vídeo de Euge, me puse a ver otro donde explicaban cómo utilizar los Model Context Protocols (MCPs) con Anthropic y otras plataformas de IA. Todo muy interesante, pero lo explicaban con Node.js. Y yo soy más javero, de la vieja escuela.

Así que hice lo que haría cualquiera: le pedí a ChatGPT que me lo explicara en Java. Y lo hizo. Bastante bien, además.

El valor ya no está en las respuestas

Esto me hizo pensar. A lo mejor Euge tiene razón y el valor ya no está tanto en dar respuestas… sino en saber qué preguntas hacer.

Porque lo realmente importante del tema MCP no es tanto cómo montarlo (eso te lo resuelve una IA en cero coma), sino saber que existe y para qué sirve.

Una vez tienes eso claro, ya puedes tirar del hilo por tu cuenta.

Moraleja

Igual que hace unos años valía con saber cosas, hoy el truco está en despertar la curiosidad de los demás. Lanzar preguntas potentes. Preguntas que abran caminos. Sobre todo si tu caso es como el mi en el que he tenido que tratar con el negocio del cliente para explicarles conceptos innovadores.

A lo mejor ya no somos tanto profesores… como sherpas de preguntas. 😉


¿Y tú qué opinas? ¿Seguimos siendo profesores… o ya somos sherpas de preguntas? Te leo en LinkedIn.

Y si lo del «sherpa de preguntas» ha sido el ChatGPT, ya sabes Diseñado en la cabeza de Iñigo, made in ChatGPT