Hay una época de la informática que recuerdo con cierta mezcla de nostalgia y prevención —no la viví profesionalmente, pero sí a través de mi padre y mis tíos—: cuando un departamento gestionaba sus cosas en dBASE III, otro lo hacía con Lotus 1-2-3, y el departamento de informática se dedicaba a su AS-400.
Esto me ha venido a la cabeza estos días. Esta semana me construí un script de transcripción local. No porque las alternativas del mercado sean malas, sino porque ninguna encajaba exactamente en mi flujo de trabajo.
Necesitaba algo que procesase el audio en local, a coste cero, con el ordenador que tengo. Lo mismo me está pasando con mi sistema de gestión de la bóveda de conocimiento. He probado Graphify, pero me tenía que adaptar a su forma de funcionar así que estoy montándome mi propia solución.
Hace unos meses escribí en Hábitos viejos con herramientas nuevas sobre cómo la reutilización fue durante décadas la respuesta racional a la escasez de recursos: construir algo a medida era caro, así que hacerlo genérico tenía sentido. Ese razonamiento ya no aplica de la misma manera.
No soy el único
Javier Garzás, consultor de transformación digital con más de 20 años en el sector, está hablando de que su equipo está haciendo desarrollos a medida con IA. Hay más gente en la misma dirección: personas que están cancelando suscripciones que antes pagaban sin cuestionarlas y construyendo sus propias alternativas adaptadas a su caso concreto.
En mi caso, que trabajo solo desde casa, esto no tiene ningún riesgo organizativo. Si mi script de transcripción solo me sirve a mí, ese es exactamente el objetivo. Puedo construir herramientas sin ninguna vocación de escala.
El problema llega cuando esto empieza a ocurrir dentro de una empresa.
La historia que ya vivimos (y estamos a punto de repetir)
Nadie planeó usar Lotus 1-2-3 y dBASE III así. Ocurrió porque construirse algo propio era lo más rápido y funcional en ese momento. El problema llegaba cuando parte de la gestión de la empresa estaba en la sombra: sin copias de seguridad, sin controles, sin que nadie del departamento de informática supiera que existía. Hoy lo llamaríamos Shadow IT.
Con la IA, estamos volviendo ahí. Pero a otra escala.
Antes, hacer tus propias soluciones requería cierto conocimiento técnico: instalar una aplicación SaaS no autorizada, registrarse en un servicio externo que IT no había aprobado. Ahora, cualquier empleado puede pedirle a Claude que le construya un script, una automatización o una integración que no pasa por ningún proceso de validación técnica. Cada uno con su solución. Nadie con visión de conjunto.
La gobernanza que viene
La respuesta obvia es prohibirlo. Pero ya sabemos cómo terminó esa historia con el BYOD, con el cloud o con WhatsApp en entornos corporativos: la gente sigue usando lo que le resulta más cómodo y productivo, solo que fuera del radar.
Lo que sí puede funcionar es una gobernanza que entienda la nueva realidad: construir software a medida ya no es una excepción técnica, sino una práctica habitual que se va a extender. El objetivo no es impedirlo, sino encauzarlo.
En la práctica, eso implica tres cosas: principios claros sobre dónde puede desplegarse código generado con IA; criterios para distinguir un script personal de una solución corporativa encubierta; y capacidad para detectar cuándo algo que empezó como una automatización individual se ha convertido en infraestructura crítica que solo entiende quien la construyó. Eso no es una prohibición. Es criterio aplicado a escala.
La gobernanza de la IA va a ser muy importante. Pero tendrá que ser flexible, porque imponer soluciones rígidas no tiene sentido cuando lo que se está viendo es que es muy barato y muy rápido construirte algo a medida.
Moraleja
La IA ha democratizado el traje a medida. Eso es una buena noticia para las personas con criterio suficiente para aprovecharlo. Para las organizaciones, es una nueva fuente de riesgo que todavía no está en la mayoría de los planes de gobernanza. La pregunta no es si tus empleados están construyendo soluciones propias con IA. Es si sabes cuáles son, dónde están y qué pasaría si mañana dejasen de funcionar.
Es la pregunta que pocas organizaciones se están haciendo todavía. ¿La tuya sí? Cuéntame en LinkedIn.
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